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Real Madrid-Sevilla Fútbol Club

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Ya es mala suerte jugar tres finales de Supercopa de Europa y que en dos de ellas te toquen equipos españoles. Estas cosas se juegan contra el Bayern, el Manchester y gente así, no contra dos cabrones con los que nos duelen los huevos de vernos las caras. Claro que podía haber sido peor. Nos podría haber tocado el Atleti. Aunque, bien mirado, hubiese sido lo ideal. Un equipo que, todos ustedes pueden asegurarlo, se acojona en las finales que juegan contra equipos que visten de blanco, cuando pierden se escudan en una leyenda urbana más falsa que la del Peta Zetas y la Pepsi Cola como es que se quedaron hasta la entrega de la copa animando a su equipo, es un rival más que apropiado para estas citas y un erótico resultado. En cualquier caso, el rival será el Real Madrid Club de Fútbol, lo que garantiza que el “sevillanos, yonkis y gitanos” suene bien fuerte en Cardiff, ciudad galesa que, al igual que Amsterdam es la Venecia del norte o Budapest la París del este, podríamos llamar, en vista de sus atractivos, la Albacete del Reino Unido.

En vísperas de la sexta final continental que jugará el Sevilla Fútbol Club, resucitamos el espíritu de un hijo de la muy noble ciudad de Zaragoza que honró esta casa con sus previas, y analizaremos, despojo a despojo, el once que presumimos plantará Ancelotti sobre el terreno de juego, el próximo martes 12 de agosto de 2014. Gracias a la labor de los medios de comunicación patrios, este resumen de la escuadra madridista puede escribirlo incluso un tío sin ni puta idea de fútbol, que ve dos partidos al año sobrio y a quien lo que de verdad le gusta es contar historietas sobre borracheras, prostíbulos, botes de tragaperras y apuestas en el incomprendido a la par que apasionante mundo de las peleas de perros. Al final, como hacía el maño, dejaremos unas cuantas fotos con letreros supuestamente graciosos. Las costumbres hay que cuidarlas. Empecemos, pues, a relatar nuestras impresiones sobre el Real Madrid, equipo que, junto a la tortilla de patatas sin huevo ni patatas y la guardia mora violando maestras, forma la terna de los máximos hitos a que llegó el pueblo español bajo la égida de Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España y Generalísimo de sus ejércitos. Sigue leyendo

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Nosotros que no somos como los demás

Parece mentira que ya hayan transcurrido dos semanas. Desde casi las once de la noche del pasado 1 de mayo, hay un simple vocablo que monopoliza la mayoría de los pensamientos futbolísticos. Obviamente, es imposible concretar el minuto exacto. Como a todos los demás, las palabras que se escaparon de la boca, o que se alojaron en la mente, después de que Mbia rozase la dislocación de pescuezo, son insondables. Al igual que el número de espasmos, cortes de manga, puños apretados y abrazos. En definitiva, una enajenación mental transitoria de manual. Pero, tras todo eso, durase lo que durase, llegó para quedarse la palabra clave. Pronombre personal, primera persona del plural. Nosotros.  Sigue leyendo

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The world, chico, and everything in it

A lo largo de todo este escrito vamos a dar por hecho que los presentes han visto Scarface. La del 83, la de Brian De Palma. Ya saben, esa con una interpretación sencillamente magistral por parte de Al Pacino (probablemente, la más icónica de su extensa y bien ponderada carrera) que alguien más redicho no dudaría en calificar como tour de force. La película, además, fue escrita por un entonces desconocido Oliver Stone. A todo esto se le suman algunos secundarios inspirados y el resultado ya es sobradamente conocido. La escena del jacuzzi, por ejemplo, es una de esas que te marcan cuando empiezas a ver cine. Pero hay otra que entronca directamente con lo que nos ocupa. Tony Montana, el personaje de Al Pacino, conduce su coche junto a Manny. Los dos inmigrantes ya están establecidos en Estados Unidos, y el compañero le comenta que ese ya debería ser motivo suficiente para ser feliz. Tony, que albergaba unos planes bastante más ambiciosos (poca cosa, levantar un imperio criminal), le dice, así finamente, que un carajo para él. Manny le pregunta qué es lo que quiere, y ahí Tony responde la frase que titula este humilde artículo. “The world, chico, and everything in it”. Que, por si algún despistado faltó a la segunda clase de inglés, viene a significar algo así como “el mundo, y todo lo que hay en él”.  Sigue leyendo

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La gloria vuelve a pasar por Sevilla

Somos unas mamonas. No me refiero a los redactores de esta casa, que también, sino a todos nosotros. A la afición sevillista. El pasado jueves, cuando el reloj apenas sobrepasaba las once de la noche, se podrían haber formulado numerosas observaciones. Ya fueses uno de los audaces que se desplazó a Oporto y se comió la derrota en la carretera de vuelta o uno de los que recogía la montaña de latas y botellines de cerveza que había brotado junto al televisor. Da igual, cualquiera podría haber buscado razones a lo ocurrido. Que si el equipo, pese a estar aculado, no defendió demasiado bien, que si regaló mucho terreno de juego y que si, especialmente, tuvo unos problemas asociativos inusuales en la gente de arriba. Claro que podrían haberse hecho todos esos sesudos análisis. Y alguno los hizo, pero durante un corto espacio de tiempo. Segundos, si acaso minutos. Pero absolutamente todos olvidamos rápidamente sus postes, su peligro, incluso la nuestra de Gameiro. Lo que nos salía del alma era aseverarnos a nosotros mismos: “¿Ya está?, ¿eso era todo? Pues ahora os vais a cagar”. Sigue leyendo

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No es ciudad para cobardes

En esta casa tenemos por costumbre hacer acopio de cuantos vicios nos sirve en bandeja esta sociedad posmoderna y, quizás como causa, quizás como consecuencia de ello, vamos completando un variado conjunto de taras mentales. Por hacer un resumen utilizando una terminología científica, somos plenamente conscientes de que estamos como un cencerro. Y eso, qué duda cabe, se acentúa cuando está el fútbol Sevilla por medio. Así, somos capaces de encarar una cita como la del jueves haciendo gala de un equilibrio mental digno de todo elogio y escribir una previa pausada, explicando sucintamente la realidad que queremos poner de manifiesto. A ustedes también les pasará, imaginamos. Confiado en la victoria, atendiendo a los quehaceres diarios y llevando una existencia que cualquier persona que no le examine a fondo podría, incluso, tildar de ser humano normal. Pero entonces salta la chispa. Y lo hace de la manera más imprevisible. Un niño que porta una camiseta blanca y que, encima, tiene la misma estatura que el extremo de tu equipo, un cartel en la carretera que anuncia una ciudad de siete letras, darte cuenta de que tu jefe tiene cara de balón de reglamento o que te presenten a un tipo que se llama Paco, que tú caigas en lo mucho que se parece ese nombre a Pablo y tu mente se transporte al polígono San Pablo, de ahí a Antoñito y de ahí, inexorablemente, al gol de Marcos Vales. El motivo es lo de menos. Principalmente, porque no es motivo, sino excusa. Y una vez que eso ocurre, tragarte cuarenta resúmenes en Youtube, escuchar la narración de goles históricos y repasar la colección de tifos de Biris Norte, ya es todo uno.  Incluso releer varios artículos de alguna bitácora sevillista. En ese momento, estimado lector, la rabia se apodera de cualquiera y el único plan que te parece razonable es que el cielo se funda con el infierno, provocar el apocalipsis y sodomizar a los siete ángeles con sus propias trompetas. O, como le ocurría a Woody Allen en la excelente Manhattan murder mistery, es escuchar demasiado a Wagner y entrarte ganas de invadir Polonia. En definitiva, has vuelto a perder la cabeza y, aunque no sepas muy bien cómo, ese proceso, esa montaña rusa de emociones, se repetirá infinidad de veces hasta que comience el encuentro. Un trastorno bipolar en toda regla. No tiene nada de malo. En PEX te entendemos y escribimos dos artículos para que te los leas en función de tu estado anímico.  Sigue leyendo

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Lo innecesario

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Hay un bar en la Macarena, muy cerca de la basílica, con una particularidad que pasa desapercibida pero que es muy ilustrativa de una mentalidad. Es la típica tasca que, a pesar de no ser un bar cofrade, tiene las paredes cubiertas de fotos enmarcadas que reflejan la devoción de dueños y clientela por la Señora de San Gil. Fotografías de armaos, de parroquianos trajeados el Viernes Santo a mediodía en la puerta del bar, de niños con el antifaz de terciopelo verde recogido, de amigos con el costal bajo el brazo. Medallas, muñecos de arcilla con la túnica que diseñara Juan Manuel. Lo típico. Antes de que empezara la feria del año pasado ya había una nueva foto en la pared donde podía verse al Señor de la Sentencia con el poncho que le pusieron este último Viernes Santo a causa de la lluvia. Sin embargo, si uno se fija un poco, verá que falta algo que podría parecer imperdonable que no figure, pero que es lógico que no esté. Y seguro que ni es premeditado ni los propios dueños del bar saben que falta. Se lo dije a un amigo, muy del barrio y muy de la hermandad, una tarde tomando una cerveza, en plan juego. A ver si, de entre tantas fotos, eres capaz de decirme qué falta aquí. No pudo. Es de allí y siente a la hermandad como algo propio, por tanto, da por supuestas cosas que a los malditos ateos que nos fijamos en chorradas nos llaman la atención. No hay, entre casi un centenar de fotografías, ni una sola de María Santísima de la Esperanza Macarena. Hay una lámina que remeda un grabado antiguo de la Virgen. Pero fotos, lo que se dice fotos de la mayor maravilla que se pasea bajo palio por la ciudad, no hay ni una. Sigue leyendo

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Sevilla Fútbol Club – miBeti

Pues ya estamos otro año más aquí con esto del derbi. Hoy nos hemos puesto nostálgicos y vamos a recuperar la que era una práctica habitual en los albores de esta bitácora, esto es, las previas de las jornadas. Para los no iniciados, la cosa es bien sencilla. Cogíamos al rival al que nos enfrentábamos, escribíamos unas cuantas paridas sobre el posible once inicial y luego lo rematábamos con unas foticos la mar de apañadas. Luego los aficionados de esos equipos lo leían, los más picajosos se mosqueaban, lo colgaban en sus foros, defecaban en nuestros difuntos y así cada quince días. Un hermoso espectáculo, la verdad. Así que no se nos ocurre qué mejor ocasión para sacar del olvido estos artículos desenfadados que contra el equipo más bufonesco que conocemos. Sigue leyendo

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¿Alguna vez has bailado con el diablo bajo la pálida luz de la luna?

¿Se acuerdan de la última semifinal de Copa? Sí, hombre, seguro. Vale que hemos tenido tantas últimamente que es posible que se entremezclen en la telaraña cerebral que conforman los recuerdos futbolísticos. Pero hagan memoria y verán como si fuese ayer aquel balón que ÉL intentó alojar en la portería rival y, si no lo consiguió, le faltó muy poco. Aquel ambiente originado por la visita del equipo grande de ese fragmento de tierra que alguien tuvo a bien llamar Madrid, y no la cochambre a rayas con la que nos toca batirnos el cobre ahora. Pues ese día, este que les escribe tenía un examen. Todos hemos hecho pamplinas por cuestiones balompédicas. Desplantes a amigos, a parejas, a familiares. Viajes sin sentido, recursos económicos malgastados en cosas relacionadas con el fútbol en lugar de, qué sé yo, pagar alguna letra del coche, obtener opiáceos de camellos desdentados o comprarte una guitarra nueva. Pues en el partido de ida de aquella semifinal lo tuve claro. Mi examen era a las 19:30, y el partido comenzaba a las 21:00. Si hubiese estudiado en la facultad de Económicas, o en la de Psicología, pues a lo mejor. O en el Rectorado, como mucho. Pero si te ha tocado acudir cada día al culo del mundo, conocido por algunos como La Cartuja, lo tienes complicado para regresar con celeridad a la civilización cuando te sea preciso. Vamos, que no me daba tiempo ni en cien vidas. Primero, porque los exámenes no empiezan a su hora ni equivocación del profesor mediante. Y segundo, porque el puente se pone que da gloria verlo a esas horas, y no digamos ya los que circulan en bicicleta, sino las marujas enguatadas en mallas horteras, avanzan más rápido que los que quieren salir de ese páramo decorado por una amalgama de edificios sin orden ni concierto. Total, que lo supe en cuanto vi la fecha del partido. Al carajo el examen. Ya me presentaría en la siguiente convocatoria, que era en junio. Para contextualizar un poco el asunto, decir que no era un control de dos temas de Conocimiento del Medio en 4º de Primaria, sino que se trataba de un cuatrimestral de una de las asignaturas más importantes del último curso de la carrera que cursaba. Dicho y hecho, mientras mi compañeros se estrujaban los sesos yo me acercaba tranquilamente a Nervión a ver si los chiquillos tenían ganas de hacer algo ese día. Todo un ejercicio de responsabilidad y madurez, no se atreverán a negármelo. Aquel partido se perdió y yo aprobé la asignatura más tarde, me licencié y ahora tengo un bonito título con el que limpiarme el culo cuando me levanto fino. Pero ese no era el objetivo de la anécdota. Más bien se trataba de definir el público, de delimitar a qué lector va dedicado este escrito. Para los que se hayan sentido identificados por tener una historia similar de aquel día, o de cualquier otro. Para aquellos a los que la cordura les dio de lado en algún momento de sus vidas y se entregaron, desamparados emocional e intelectualmente, a las desventuras que le produce el fútbol al aficionado medio. Qué coño el fútbol, el Sevilla. Pues para esos, para sus cojones, mañana hay otra semifinal. Y el que no tenga pensado entrar en el estadio con el alma en la mano, que abandone raudo esta bitácora y arribe a cualquier otro portal en el que le informarán de cosas tan banales como las posibles alineaciones o el encargado de arbitrar el encuentro.  Sigue leyendo

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¡Y pobre del que quiera robarnos la ilusión!

PEX CORRESPONSALÍA AVENIDA DE LA PAZ Decía Ramón el Vanidoso que la droga está muy mal conceptuada socialmente, que es la auténtica salud. Y llevaba razón. Del mismo modo, hay sentimientos muy mal conceptuados por esa sociedad que nos impulsa a comprarnos un iphone, ir a un gimnasio para intentar no aparentar los 34 años que calzamos o a beber ginebras extrañas cuando los mejores recuerdos que el alcohol dejará en nuestra memoria cuando muramos habrán sido gracias a la ingesta de Loch Castle adquirido en el Carrefour a 4,60 la botella normal, 5,40 la de litro.

El odio, la rabia, la violencia… ¿Qué tienen de malo? ¿Por qué los ingredientes principales de todas las películas americanas que tanto han hecho volar nuestra imaginación no pueden llevarse a la práctica en la vida real? Pues porque la puta sociedad nos ha amariconado. Pero para ello estamos los románticos de PEX, para que usted, querido sevillista, rebusque en el abismo de su yo interior y encuentre esa lucecita que le diga que aún queda mucha gloria por alcanzar y que a ella sólo se llega a través de pisar cabezas y, por supuesto, la muerte. Sigue leyendo

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Con el cuchillo entre los dientes

Vaya por delante una de las pequeñas interioridades que tiene todo vestuario. Al menos, una de las que tenía el nuestro cuando era eso, un equipo. Once notas, o catorce, o los que fueran, con la sana intención de reventar al rival que tuviese delante. Bien físicamente, bien futbolísticamente, o hibridando ambas. No podemos asegurarlo con total certeza, pero dejaríamos que un mono drogado nos disparase a ciegas si el autor de la frase que titula este humilde artículo no fue acuñada por don Joaquín Caparrós. Sea como fuere, de lo que sí tenemos pleno conocimiento es de que se continuó utilizando tras la marcha del utrerano. Tanto, que era grabada a fuego en la mentalidad de los recién llegados. Había gente que se encargaba de eso. Así, no era extraño escuchar a tipos que representaban a las selecciones de Italia, Brasil o Malí repitiendo la consigna. Porque, más allá de un sistema de juego o alguna mamonada similar, lo del cuchillo entre los dientes era una actitud vital. Había partidos que tenían que ser ganados, sencillamente. Con suficiencia o sufriendo, pero había que imponerse al rival. Y daba igual que Europa se rindiera a nuestros pies, que de cara a la opinión pública se dijese que las rivalidades domésticas habían quedado en el olvido. En parte era cierto, pero repetimos. Había gente dentro del club que se encargaba de poner de manifiesto una cosa. El derbi había que ganarlo. Y punto.  Sigue leyendo

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