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La semiótica de la revolución

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Las únicas tres especies animales verdaderamente útiles para el ser humano son el perro, el toro de lidia y los gallos de pelea. El resto de criaturas que pueblan la Tierra no son más que un compendio de deformidades y errores de la naturaleza que no sirven para otra cosa más que el exterminio en aras de la alimentación humana y el holocausto sistemático del resto por simple sentido común. Entre las cimas del reino animal hay clases, como en todo. No es lo mismo la dehesa andaluza y extremeña que los chistes que se crían en Salamanca; ni podemos poner a la misma altura un perro de caza o de presa que una mierdecilla tipo “yorkshire”, más cerca de la rata que del lobo. Sin embargo, el factor que hace que el perro, en ocasiones, merezca el genocidio, no es ninguna de sus razas ni variantes, sino los dueños de los pobres bichos. No hay ser humano sobre la Tierra más insoportable y gilipollas que el amo de un perro. Dan el coñazo con fotos, cuentan anécdotas sobre el animalito que no interesan a nadie, los infantilizan y antropomorfizan con argumentos tan peregrinos como que tienen mirada de persona. Trotsky, enemigo de la clase trabajadora y traidor a la revolución, quería mucho a su perro, rasgo enfermizo a que dio fin con su ejemplar hazaña don Ramón Mercader, lo que le valió para sumarse a la plétora de grandes criminales catalanes que ha dado la historia, como Mateo Morral, Francisco Ferrer i Guardia o Sergio Busquets. A Hitler le ponía más su perra que las nalgas de Eva Braun. Por si no bastaran estos ejemplos, hace unos días vi un documental en televisión en el que aparecía una pobre deficiente mental cuyo perro, según ella, tenía una especie de sensibilidad artística porque colocaba los aproximadamente trescientos peluches que poseía en posturas que querían significar algo. En efecto, decía la buena señora que el perro a veces los colocaba en fila con las manos de cada muñeco interconectadas entre sí. Ilustrándolo con fotografías sobre las que no se preguntaban si podían estar manipuladas, los realizadores del programa, llevando a cabo su triste deber de engordar los índices de incultura y nulo pensamiento crítico de la inmensa mayoría de la población, no enfocaban el suceso como una consecuencia más de esta sociedad consumista, individualista e insolidaria en que vivimos, en la que un cuadrúpedo de mierda recibe más atenciones y cuidados que el 95% de la raza humana; muy al contrario, daban pábulo a las ridículas teorías de la oligofrénica esta. Sigue leyendo

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