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Ayer es siempre todavía

Cuando uno es tan asquerosamente superior a su rival como lo es el Sevilla, no tiene ninguna lógica aplazar la demostración empírica de esa supremacía. No obstante, como aún conservamos algo parecido a un corazón, quizás nos ablandamos y el sentimentalismo le pudo a la razón hasta llegar a la conclusión de que lo del año pasado fue demasiado severo. Sólo catorce segundos de ilusión utópica concedida a las criaturitas. Esta temporada, en un alarde de solidaridad sin precedentes, pudieron disfrutar de 110 segundos. Casi dos minutos enteros soñando que existía alguna posibilidad de ganar en el templo del fútbol sevillano. Hasta les dio tiempo a sacar de banda sin ir perdiendo. Si es que somos para comernos cuando nos ponemos.

Humphrey Bogart se preguntaba en Casablanca cómo era posible que, entre todos los antros que aún quedaban en pie en la Segunda Guerra Mundial, ella hubiese tenido que acabar en el suyo. Es de imaginar que algo así acudirá a la cabeza de una criaturita cuando piense en el balón elevado que fue a parar, de entre los veintidós futbolistas repartidos por el césped, al único que podría convertirlo tan rápida, precisa y genialmente en un pase que pusiera en franquía a Bacca ante Pipi Sara. Que luego había que meterlo, obviamente, pero el colombiano está cogiendo los galones y esa es de las que no marra. Es cierto que a ese primer tanto no le acompañó luego el vendaval de la pasada temporada. Se jugó mucho menos al fútbol, especialmente en ese período de la primera mitad. Y es que, obviando quizás a Reyes, ningún futbolista hizo una labor de sobresaliente en todo el conjunto. Tampoco pareció necesario un esfuerzo exagerado para ganarle al colista de Primera. Si hasta nos permitimos el lujo de que dos de nuestras figuras, Rakitic y Alberto, cuajasen una de sus peores actuaciones esta temporada. Y en esas llegó una entrada muy mal medida de Paulao (el único al que no pusimos demasiado a parir en nuestra crónica, si es que estamos sembrados) que, unida a una tarjeta vista poco antes, personifica la torpeza supina y se acaba yendo a la calle. Con la banda sonora que todos conocemos acompañándole hasta el vestuario. Esto es como si invitas a tu casa a un indeseable, te pone el baño perdido de mierda y luego el resto de asistentes a la fiesta te pone mala cara porque ni siquiera se molesta en informarse de que tú eres un tío decente, que se viste por los pies y que lo último que haría es repartir excrementos por los azulejos del aseo. Pero bueno, qué le vamos a hacer. Con esta clase de gente nos toca compartir oxígeno. Así que se sacó la falta, nuestro negro se aprovecha de que el que lo marcaba en las jugadas a balón parado está en las duchas y remata al centro. Lo que hizo el porterito rival es inenarrable. Hablamos de que una persona con los dos brazos amputados puede detener ese esférico. Pues no. El segundo y al descanso calentitos. Ni que decir tiene que la carita de ese mamarracho llamado Pepe Mel ya se tornaba rojiza y se había ido hinchando paulitinamente, convirtiendo su cabeza todavía más similar a un globo que en estado normal. Bueno, normal, ya me entienden. En reposo de envidia sevillista, si es que eso ocurre alguna vez al día.

En el descanso suponemos que a Emery no se le ocurrió la majadería de siquiera deslizar la idea de echar el freno. Incluso se empezó a jugar mejor, algo que pronto cristalizó en ocasiones falladas y en la gran jugada del tanto de Vitolo. Tiene gol el tipo. Con la goleada conseguida, atrás se continuó sin pasar apuro alguno. Los portugueses bien, especialmente Carriço, que tiene muy buena pinta pese a su rostro de loco de película. Incluso Fazio, que no es demasiado admirado en esta bitácora, hizo una cosa digna de alabarle: no se complicó. Mandó a tomar por culo varios balones durante el encuentro, la mejor manera que un tipo con sus antecedentes tiene de evitar el peligro. Ahí fue cuando se consumó la infamia del cabezaglobo y sacó al enano canario. Con 3-0. Como diciendo, yo he hecho lo que he podido, pongo a lo que tengo y salvo mi calva. Nos lo imaginamos en su casa, creyéndose un híbrido de Julio César, Napoleón, Gengis Kan y Alejandro Magno, preparando el asalto a nuestro estadio. Que si ningún delantero puede jugar, luego entrenan, luego convoca a 23 tíos, al final entran los dos en el campo y acaban teniendo el mismo peligro para nosotros que si lo hubiese hecho el Dúo Sacapuntas. Bravo Pepe, bravo. De ahí hasta el final, un paseo que acabó con un gran gol de Iborra como podía haber acabado con cinco tanto más.

En definitiva, lo de siempre. No queremos despojarle todo el romanticismo y la tradición inherente a estos partidos pero, ¿qué tenemos que ganar nosotros en un derbi como local? Pues tres puntos, los mismos que si viniera el Elche. Y disfrutar de un estadio en comunión, que parece que durante noventa minutos comprende en su totalidad que los moradores de Gol Norte son el alma del Sánchez-Pizjuán. Es decir, disfrutamos del ambiente. De reunirse con la familia, los amigos y reírte un poco del equipucho ese que nos visita. Si acaso, el partido puede acabar en goleada y, aparte de derrotados, por lo menos se van humillados. En cambio, si se les ocurre empatarnos o ganarnos, harían de esa fecha día de fiesta local si pudiesen. Obviamente, no es algo equiparable. No es el mismo riesgo. Pero es lo que toca, no podemos evitar que se pasen por aquí cada año. Bueno, si acaso ganando también en su estadio y contribuyendo, en la medida de lo posible, a que retornen a esa división en la que se sienten como en casa.

Porque aquí no hay ni tradicional igualdad, ni partidos parejos, ni pollas en vinagre. Un derbi sevillano es una afición que sólo se va con media sonrisa porque no ha caído la manita. O que le pide al majarón de su portero que suba a rematar. Y, ya puestos, que lo hiciese con el miembro viril al aire, pero quedaba difícil de encajar esa letra en el cántico. Un derbi sevillano es José Antonio Reyes descojonándose en la cara de un tal Nono cuando, preso de la frustración, se le encara. Un derbi en esta ciudad es un partido de fútbol que suele ganar el equipo que no tiene rayas en su camiseta. Pregonar lo contrario es tarea de periodistas que necesitan vender su producto en las dos aceras. Creérselo, algo reservado para ilusos. Porque Biris Norte lo resumió todo con cuatro palabras. Unos nacieron para dominar la ciudad con la que comparten nombre, y otros, por simple lógica, para ser dominados. Es así desde el inicio, y nada varía con los años. Ayer sigue siendo siempre todavía.

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Como Cádiz en el cuarenta y siete

Corrían las 21:30 horas y un servidor ya imaginaba cómo retomaría el noble oficio de realizar humildes crónicas de los partidos del Sevilla. Sería, estaba claro, describiendo la jugada del gol. Porque todo hacía indicar que nada más importante podía pasar. Pase en profundidad del chileno, control magistral del polaco, que hace varias jornadas que se parece al jugador importante que fichamos, centro medido y remate descomunal a la altura, únicamente, de jugadores como Negredo. Bueno, iba a ser más largo, pero ya entienden los queridos lectores que, ahora, a las 23:33 horas, no tiene uno el coño para farolillos. Sigue leyendo

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