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Temporada 12/13 One x one, yeah dude!

A los más viejos del lugar no habrá que recordarles qué cipote es esto del One x one, yeah dude. No obstante, como también acogemos en nuestro seno a jóvenes lectores, se lo explicamos someramente. Es el nombre que le puso la RBBE  a los análisis de final de temporada de las plantillas de los equipos. Y nosotros, cansados de intentar enmascarar los plagios sibilinos realizados a aquella casa, decidimos mantenerlo tal cual. Cierto es que esta temporada nos hemos demorado en su publicación, hasta el punto de meternos en la segunda quince de julio. No obstante, algo bueno sí que tiene esta decisión, y es que no tenemos que andar como mamelas adivinando qué pasará con los futbolistas nada más concluir el campeonato. A estas alturas ya sabemos quién se quedará y quién tiene billete directo sacado hacia el mismísimo carajo. La única condición para aparecer en esta relación de futbolistas es haber disputado más de 90 minutos en un partido liguero con el Sevilla Fútbol Club durante la temporada anterior. Como habrá algún picajoso que nos corrija, lo decimos nosotros solitos. Que sí, que el año pasado bastaba con haber jugado un mísero minuto, pero vamos a quitarnos la careta. Eso fue, únicamente, para poder meter en la lista a Hiroshi, un tipo que daba mucho juego. Y porque contra los Julián, Puerto o Rubio no tenemos nada y a ver qué chicha le podríamos sacar. Sin más dilación, nuestra visión individualizada del año pasado.

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De resaca

¿Qué clase de crónica se publica casi tres días después del acontecimiento que pretende comentar? Una pregunta muy lógica que es probable que se haga la mayoría de lectores de esta bitácora. Pues la de PEX. Los tempos periodísticos no van con nosotros. En realidad no es una crónica, sino una serie de comentarios sobre algunas de las cosas que acontecieron el pasado viernes. Y la distancia temporal está motivada, principalmente, por dos aspectos. Primero, porque, aunque no lo parezca, tenemos más cosas que hacer en la vida. Y, segundo, porque queremos seguir haciéndolas. Esto es, que no queremos estar privados de nuestra libertad en alguna institución carcelaria, que es donde, probablemente, hubiesen acabado nuestros huesos si llegamos a escribir la noche del partido. Así que ahora es tiempo para los análisis pausados, propios de los hombres de fútbol. Es momento para la moderación y la tranquilidad. Pepe Mel, no eres más desgraciado y más bastardo porque el día no es más largo. Cuesta saber qué adjetivo te define mejor: gordo, calvo o envidioso. Ojalá que el dedo que sacaste a relucir sea lo único que quede para identificarte cuando una manadas de perros te devore.  Sigue leyendo

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Demasiado bien nos ha ido

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Pocos amores hay más limpios, puros y mitificados para un varón mediterráneo como su abuela. Nunca tuvieron una mala palabra para ti, te consolaban de las iras de tu padre y si les rompes las gafas a martillazos porque no quieren gastar un quinto de su pensión no contributiva en regalarte el castillo de Skeletor, ni se enfadan, las tías. Ángeles sobre la tierra que ha puesto ahí el Hacedor para pasarte billetitos de dos mil pelas sin que nadie se dé cuenta. No obstante, tenemos una mala noticia que darles, pacatillos fariseos. A esos seres míticos les gusta follar. Más de una vez el abuelo tuvo que apartarlas porque querían jaleo. Más de quince vieron un maromo por la calle y se les hizo la boca agua. Pensaron, casi a diario, tengo ganas de leña de la buena. Y no tiene nada de malo. ¿Acaso es malo que a su señora abuela se le fueran los ojos detrás de una ración de jamón de bellota sin sentirse culpable al querer comer por simple deleite y no para garantizar su alimentación? No me jodan con el catolicismo y los complejos absurdos. Se folla, se come y se bebe porque, en caso contrario, la raza se exterminaría; y la naturaleza, en su sapiencia, hace que esos cometidos nos parezcan agradables en ocasiones, la hostia en verso en otros momentos, porque a ver quién iba a ponerse a comer habas con choco, con el mal aspecto que tienen, o un buen chocho a pesar del nauseabundo olor que desprende eso, si no fuera por la descarga de endorfinas que producen dichas actividades. Su abuela no era inmune a estos apetitos. Ni a esos olores. Alégrense. Si no, de qué iban a estar ahora perdiendo el tiempo leyendo esto.

En el principio, pues, no fue la luz, ni el verbo, ni el caos; fue el folleteo. La abuela fue una amazona que supo encontrar a un congénere de sexo opuesto con el que perpetuar sus secuencias de nucleótidos, dejando en el camino a otras candidatas menos dotadas para este fin. Los individuos fenotípicamente menos preparados, cuyo aspecto hace pensar en una descendencia enfermiza o sencillamente imbécil, quedan atrás, perdiéndose así su genoma para siempre. Estas bromas de Dios, no obstante sus carencias, tienen los mismos apetitos que el resto de humanos. Para calmarlos suelen recurrir a la autoestimulación genital, vulgo pajote. Huelga decirlo en un blog de frikis, pero por si acaso, dejémoslo claro: tampoco tiene nada de malo. Ni como sustitutivo ni como actividad lúdica. A este fin hay dedicada una categoría cinematográfica de extensísima filmografía y de obsceno ingenio para los títulos de sus obras: el porno. En PEX, humanistas a los que nada se nos escapa, hemos analizado con singular empeño este género cinematográfico; rara vez con ganas de solazarnos, sino casi siempre con el afán de estudio que nos caracteriza. Esa experiencia nos llevó a este magnífico artículo que escruta y categoriza las carreras, títulos, atuendos, pseudónimos e incluso color de pelo de más de 10.000 actrices y actores pornográficos, desmontando así no pocos mitos e ideas preconcebidas respecto a este, injusta e incomprensiblemente, denostado cine. ¿Un estudio acerca de un entretenimiento menospreciado por los biempensantes pero al que en realidad quien más quien menos se ha entregado como una bestia alguna vez para avergonzarse acto seguido, que rebate tópicos números en mano, que arroja algo de luz a una empresa menospreciada? Había que volver a plagiar. Sigue leyendo

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Cortilandia y César Luis Menotti

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Lo que más me gusta de la Navidad es el gilipollas que, para dárselas de interesante, te cuenta que la odia porque es un tiempo de hipocresía y consumismo. El genio que pone en Facebook ocurrencias de una agudeza obscena como “Feliz Falsedad”. A ése lo amo con toda mi alma. Como si el resto del año no fuese un paripé en el que se facilita la convivencia con sonrisas a personas que detestas o deferencia para con perfectos retrasados mentales. La hipocresía está muy minusvalorada, a pesar de ser un elemento indispensable para el buen orden social. “Yo es que soy muy directo y digo lo que pienso”. No, tú eres un imbécil sin sentido común, metomentodo y majadero, que te pones a opinar de lo que no te importa. Deja a la gente tranquila con sus kilos y su calvacie. Soplapollas. Y, en último término, ¿con qué argumentos sustentas tu afirmación de que entre mediados de diciembre y principios de enero, es la época del reinado de la hipocresía? ¿Es que decirle al tonto de la oficina en feria, cuando te invita a su caseta, “sí, luego si eso me paso”, es ir con la verdad por delante caiga quien caiga? Más tarde, el consumismo. Claro. Tú tienes un ordenador, un portátil, una “tablet”, un “smartphone”,  una consola de 300 pavos y otros tantos juegos, más diecisiste mallas térmicas de aquella vez que decidiste salir todos los domingos en bicicleta para bajar talega, intento que duró exactamente una semana; el consumismo es algo contra lo que llevas luchando toda tu vida. Con lo bonitos que son esos intercambios de regalos en los que tú te presentas con un peluche del Imaginarium, porque querías tirar la casa por la ventana, y tu chati te trae por su parte un pedazo de Omega de 400 euros. En momentos así cobra verdadero sentido para uno la expresión “lo que importa es el detalle” y la amas a ella y a todos tus semejantes, porque se ve que el mundo, a pesar de todo y mientras sigan naciendo incautos, marcha. Como detalles tienen las empresas para sus asalariados en estos días, con los regalitos. Tampoco falta entonces el subnormal que recibe su termo de café con una sonrisa, olvidando sólo por un instante que él no es hipócrita en absoluto, para después comentar con los compañeros que con los beneficios que sacan los dueños del tinglado ya podrían haber regalado algo mejor. Ahora te acuerdas de la plusvalía. El día de la huelga general, que lo trabajaste porque los del comité de empresa se toman un café más que tú los viernes y a ti no te engaña nadie, no; el día 24 de diciembre por la mañana. Pero vete a tomar por culo, hombre. Si quieres ir a contracorriente, ve, con dos huevos, pero no des lecciones a nadie. Sustancia tu cena de Nochebuena en una bolsa de Gublins de las grandes y una botella de ginebra Rives de a litro, pasa la velada con el perro, dale algún mantecaíto a las 4 de la mañana y acaba la cogorza cantando a voz en cuello “Bandiera Rossa”, “Bella Ciao”, “La Internacional”, “Auferstanden aus Ruinen” y, antes de que la policía tire la puerta abajo, el “Eusko Gudariak”.

Vayamos entrando en materia y digamos, por último en nuestra argumentación pro Navidad, que ser hincha de un equipo y no apreciar estas fechas es incoherente por completo. Vivimos perpetuamente en un estado de gilipollismo e ilusión sólo comparable a niños de cinco años que presentan su primera carta al negro que ponen en El Corte Inglés ataviado de mamarracho, que por unos días se libra de vender pañuelos de papel en el semáforo pero no de decir tonterías y gesticular con histrionismo. Estamos encallados en una infancia eterna que hace pensar a personas perfectamente razonables en su vida diaria que Fazio puede asentarse definitivamente como un central sin rasgos de oligofrenia, que Perotti explotará más allá de su condición de jugador embustero y ratonero, o que Medel no sólo no va a acabar siendo más sinvergüenza que Zokora, sino que, si lo logra, se quedará aquí muchos años. Esperar que un gordo vestido de rojo o tres mamones, encima ahora descubierto que andaluces, entren por la ventana y nos dejen regalos basados en nuestra bondad durante el año transcurrido es una esperanza mucho más fundamentada que todo lo anterior. Fútbol, Navidad e infancia insanamente eternizada. Ea, ya tenemos tema para el artículo. Sigue leyendo

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Pero no podrás engañar a todos todo el tiempo

Para empezar, hablemos de fútbol. El Sevilla ha sido superior a su rival en la primera mitad. Ya saben, ese conjunto con una afición más pendiente del resultado del Madrid y del Barcelona que del equipo de su ciudad. Sí, ese extraño lugar con una obsesión enfermiza, en todos los ámbitos, hacía cualquier cosa que huela a la capital de Andalucía. ¿Situados? Pues eso. Se ha empezado siendo muy superior. Tanto, que a los tres minutos Negredo perdona con la diestra a puerta vacía. Y se presiona, y se combina, y se crea peligro constantemente. Muy buenos minutos, y no son los primeros, de Kondogbia. Salvo algunos lunares negros en el plantel, actuación más que correcta en general. Casi lo mejor que hemos visto en casa esta temporada. Pero el tiempo pasaba y el dominio no se traducía en goles. En el fútbol las cosas no se merecen, o se hacen o no se hacen. Y el Sevilla no las ha hecho. Así que el buen juego no fue suficiente para que el marcador al descanso difiriera del inicial. Sigue leyendo

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Bienvenidos a Sevilla, bastardos

Pocas veces quince segundos dijeron tanto de un partido de fútbol, de una rivalidad tan histórica como desigual. Una semana de preparación, una espectacular previa en los alrededores del estadio y el ambiente que se merece el templo del fútbol sevillano. A eso súmenle, estimados lectores, un rival mediocre. Todo eso confluye en el inicio del encuentro, hasta el punto de propiciar que el equipo visitante tenga la primera posesión del choque y en lo que tarda un viejete en presignarse ya haya encajado el primero. Porque sacaron y fueron para atrás. ¿Dónde iban a ir? ¿A atacarnos? Retrocedieron un poco más. Tanto, que la bola le llegó a su porteraco anónimo. Falto de calidad, carisma y confianza, cuando percibió que sus propios excrementos, en estado líquido, le corrían por la pierna, sólo pudo desentenderse del esférico para intentar adecentarse un poco. Porque ya me dirán cómo queda eso. Un portero malo e incapaz de controlar sus propios esfínteres, cagado en mitad del césped. Con tantas cámaras. Encima, el balón del que se había deshecho no tiene otra cosa que hacer que ir a parar a la bota de José Antonio Reyes. Dicen que el porteraco regala el gol. Sí, pero no. Que Reyes no es que se encontrase la puerta vacía, sino que define alojándola en la escuadra, haciéndola imparable. Y ya está, quince segundos. El gol más rápido de nuestra historia. Algo que ejemplariza a la perfección la premisa que defendíamos en esta casa: más allá de los jugadores elegidos, los sistemas tácticos y cualquier otro aspecto técnico, estos partidos sólo se ganan de una forma. Saliendo con el cuchillo entre los dientesSigue leyendo

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Con el cuchillo entre los dientes

Vaya por delante una de las pequeñas interioridades que tiene todo vestuario. Al menos, una de las que tenía el nuestro cuando era eso, un equipo. Once notas, o catorce, o los que fueran, con la sana intención de reventar al rival que tuviese delante. Bien físicamente, bien futbolísticamente, o hibridando ambas. No podemos asegurarlo con total certeza, pero dejaríamos que un mono drogado nos disparase a ciegas si el autor de la frase que titula este humilde artículo no fue acuñada por don Joaquín Caparrós. Sea como fuere, de lo que sí tenemos pleno conocimiento es de que se continuó utilizando tras la marcha del utrerano. Tanto, que era grabada a fuego en la mentalidad de los recién llegados. Había gente que se encargaba de eso. Así, no era extraño escuchar a tipos que representaban a las selecciones de Italia, Brasil o Malí repitiendo la consigna. Porque, más allá de un sistema de juego o alguna mamonada similar, lo del cuchillo entre los dientes era una actitud vital. Había partidos que tenían que ser ganados, sencillamente. Con suficiencia o sufriendo, pero había que imponerse al rival. Y daba igual que Europa se rindiera a nuestros pies, que de cara a la opinión pública se dijese que las rivalidades domésticas habían quedado en el olvido. En parte era cierto, pero repetimos. Había gente dentro del club que se encargaba de poner de manifiesto una cosa. El derbi había que ganarlo. Y punto.  Sigue leyendo

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Atado de pies y manos, con la boca tapada y un palo en el culo

Imagínense que son esa clase de personas que creen en la magia. Entiéndase, no nos referimos a un alelado que no sepa distinguir entre ilusión y realidad. Sino que usted es de esos que paga un dinero, o simplemente acude a tomarse unas copas, a alguna actuación de un señor vestido de manera muy elegante que, ataviado con cartas, varita, chistera y acompañado por alguna madurita que intenta remediar su falta de atractivo embutiéndose en un vestido de lentejuelas, hace trucos que engañan a cualquiera. Porque la verdad es que lo hacen. Díganme, si no, cómo carajo apareció el niño negro en la caja en el homenaje a Kanouté. Pero háganlo, en serio, que tenemos curiosidad. Volviendo al tema. Se van con amigos, parejas sentimentales, tutores legales o escoltas, lo que sea que tengan, a uno de esos espectáculos de magia. Todo perfecto, salen varios voluntarios, gente sin sentido del ridículo, usted ríe, o no, porque a veces los magos son tan graciosos como Javi Nemo. Y llega el número final. Señoras y señores, fíjense bien. Nada por aquí, nada por allá. El gran mago (inserten aquí el seudónimo acabado en -ini que más coraje les dé) va a escaparse de esta caja. Y tú dices, hostia, esto puede estar bien. Solamente eso, un nota en una caja hermética, ya sería interesante. Pero no. El tipo se pone una camisa de fuerza, se cuelga de una cuerda, pone cristales ardiendo en el suelo, y coloca a la de las lentejuelas en la boca de un caimán, al que únicamente él puede amansar, porque lo crió desde chico, y si no la pobre pureta la palma. Todo eso mientras suena música machacona. This is entertainment. Y al final el tipo se suelta, y el visitante aplaude y comenta con el de al lado alguno de los múltiples escollos que ha tenido que salvar pasa cumplir con su cometido. Bien, pues lo mismo ha ocurrido hoy en el Ramón Sánchez-Pizjuán. El Sevilla podría haber ganado hoy por goleada, y tan tranquilo. Pero ha decidido complicarse una mijita las cosas para que al final todo pareciese mucho más complicado. Todo sea por el espectáculo. Sigue leyendo

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La importancia de tener cojones

El fútbol tiene estas cosas. Uno encaraba la semana casi rezando para que el sábado a las 22:00 horas pasase algo que evitara tener que ver el partido. Algún tipo de somnífero en la cerveza de la previa. O de alucinógeno, que el rato se echa mejor. Ahora nadie reconocerá que pensaba lo mismo, pero en esta humilde bitácora no sabemos engañar a nuestros lectores. Y es que el panorama no podía ser peor. Venía quien venía, sobre todo con los funestos precedentes de estos dos últimos años. En la prensa, por fin, se recogían algunos de los tejemanejes de la directiva. Aunque, la verdad sea dicha, el que lo escribió denota que ha oído campanas pero no sabe dónde. Y el conflicto que divide a la afición seguía latente. Un caldo de cultivo para que la estrella rival, triste o no, marcase algún que otro golito. Bueno, la estrella y hasta el que carga las espinilleras. Pero no, nada más lejos de la realidad. En ocasiones, cuanta menos confianza se tiene en algo, mejor acaba. A veces, y sólo a veces, nacen flores, hermosas y vigorosas, entre la basura. Sigue leyendo

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De aquella vez que nos fuimos al carajo

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Hace quince años Sevilla era una ciudad que se respetaba a sí misma y a sus tradiciones, por lo que el día de San Fernando era festivo. Sí, igual que este año, pero todavía me reconcome el odio al recordar los años en que esa festividad imprescindible la pasaban al martes de feria para que la gente se emborrachase a gusto. Qué menos que honrar la memoria de un señor que nos había devuelto a la fe verdadera, había echado a los moros y que, cuando éstos le dijeron, negociando la rendición, que querían tirar la Giralda porque era una deshonra que los cristianos la convirtieran en campanario, en ese afán tan moruno por derribar torres, don Fernando les advirtió que si cuando entrase en Sevilla al minarete le faltaba un solo ladrillo, haría un Lidice en esta Sodoma del valle del Guadalquivir. Por tanto, cuando suban a la Giralda o al pasear por la plaza Virgen de los Reyes levanten la vista y contemplen el símbolo de la ciudad, digan, siempre, gracias San Fernando por haber salvado esta maravilla de las hordas mahometanas. Decíamos que el 30 de mayo era festivo y, para colmo de dicha, en 1997 cayó en viernes. Puente que te cagas. Así pues, me tiré todo ese primer día de asueto haciendo el vaina en el parque del Alamillo. Al llegar a casa para cenar, sabía que el pajote era inminente, es lo que pega después de haberte tirado el día entero burreado por las niñatas calientapollas de que te sueles rodear, o solíamos rodearnos los que nacimos en un país con dos canales de televisión, que la juventud está echada a perder, a la edad de 16 años. Paso por el salón y mi pobre madre me espeta: “Te han llamado unas siete veces por teléfono. Me parece que era De la Quadra Salcedo”. No, no era nuestro plusmarquista mundial de lanzamiento de jabalina nunca reconocido por la envidia de la IAAF ante el genio español quien quería dar conmigo, sino un amigo que una vez no había tenido mejor ocurrencia que llamar a mi casa a las 5 de la mañana de un lunes, despertar a mi madre, que ésta me despertase a mí, y me dijera, con la alarma pintada en el rostro de una señora católica educada en la creencia de que un timbrazo del teléfono de 12 de la noche a 8 de la mañana es parejo a la trompeta del ángel exterminador, pues sólo puede anunciar muertes, “niño, hay un hijo de la gran puta al teléfono que pregunta por ti. Yo creo que está de coña o borracho, dice que llama desde Guatemala y que cómo ha quedado el Sevilla hoy”. En la ruta Quetzal estaba el angelito, había pasado todo el día rodeado de indios o quién sabe si de algo peor y hasta esa hora no había podido dar con un teléfono. Aquella tarde estuve a punto de no devolverle la llamada porque sospechaba el motivo, pero como sabía que insistiría toda la noche, no tuve otro remedio que descolgar y llamarlo. Ni buenas tardes ni hostias, me larga al coger el teléfono: “Illo, ya tenemos billete y entrada para ir a Oviedo, me debes tres mil pelas, salimos mañana sobre las once del Telepizza”. Sigue leyendo

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