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Gitanos traficando con yonkis

PEX CORRESPONSALÍA CEADE Escribir en esta bitácora le valió al Ayatollah de nuestro consejo de redacción publicar un libro. Aún no nos hemos vengado de tal afrenta ni de las múltiples reseñas que del mismo se hicieron, especialmente dolorosa una publicada en el blog amigo salmonpalangana sobre el actual estilo de esta casa, sosegado y alejado del salvajismo inicial. Lógicamente, no ha quedado un difunto que no nos hayamos mentado entre los socios capitalistas de esta solvente empresa, y eso que somos tres. Claro que, tampoco podíamos ponernos a escupir barbaridades así porque así de un equipo que gana todo lo que puede, que tiene al entrenador más cuqui, en el buen sentido, del planeta Tierra y a un portero con cara de subdelegado de primero de ESO.

Resignados a nuestra suerte, empezamos a asumir que quizás hemos quedado para vestir santos. Glosar nobles batallas, recordar héroes o intentar engorilar a la masa antes de una previa. Pero claro, torpes nosotros, por un instante olvidamos que estamos en Sevilla y en el Sevilla. Aquí, si no se da a la entrada, se da a la salida y, en Nervión, como cada año, había que ponerle precio a los abonos. Y aquí estamos, con una sonrisa de oreja a oreja y afilando la navaja. Sigue leyendo

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Salchichas, seguros y el último vals

Pasado viernes, por la noche. No sé si fue en las cervezas de la tarde, durante la cena, con los cubatas de la noche o con lo que fuera que consumiera a lo largo de la madrugada y en los albores de la mañana del sábado. No alcanzo a recordar, la verdad. Pero si me acuerdo de la pregunta: “quillo, ¿te has enterado de lo de las salchichas?” Yo, claro, no supe de qué mierda me hablaba mi interlocutor, y me lo explicó someramente. Que le habían dicho que los banquillos del estadio los iban a poner en forma de salchicha. En ese estado de felicidad y despreocupación que proporciona el alcohol, los que escuchamos aquello sólo acertamos a creer que se trataba de una extraña broma de nuestro colega, que se habría pasado con los chupitos y le había dado por ahí. Dijimos dos o tres pamplinas, el tema no tuvo más recorrido. Seguramente, nos distraeríamos mirando algún grácil caminar de una jamelga o con cualquier otra cosa importante. Eso sí, al día siguiente, o el mismo día ya, o cuando fuera que íbamos, con el tiempo justo, camino del estadio, me lo volvió a comentar. Ahí, más lúcido y con la bofetada de realidad que supone contemplar el mundo desde un punto de vista no alcohólico, supe de inmediato que lo de las salchichas podría ser verdad. Y tanto que podría, es que ya estaba seguro. Justo en el momento en el que asocié esa imagen a dos palabras que no recomendamos pronunciar en voz alta en ningún callejón oscuro: Manolo Vizcaíno. Sigue leyendo

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