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Con balcones a la calle

Lo llevamos diciendo toda la semana. Por aquí, por Twitter o por donde hubiese alguien con ganas de escucharnos. No hablamos de los majarones que conformamos esta bitácora, que también, sino de todos nosotros. Dice la estadística que apenas el 2 % de los equipos que, en Europa, perdieron 0-2 en casa, lograron remontar en el partido de vuelta. Y nosotros nos preguntamos, ¿cuántos salieron de su estadio con los ojos inyectados en sangre? ¿Cuántos desayunaron al día siguiente discutiendo si ganábamos de tres o de cuatro? Lo decíamos durante la semana. Aquí no se paraba, de este carro no se bajaba nadie. Sigue leyendo

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Los tontos del pueblo

La verdad es que se presenta como considerablemente laboriosa la tarea de redactar una crónica de lo acontecido anoche en el Camp Nou sin comenzarla con lo que todos tenemos en mente. Pero vamos allá. El Sevilla se plantaba en Barcelona tras lograr un bagaje en los albores de la temporada que, en el más cándido de los casos, podría calificarse de discreto. En Europa hemos jugado contra dos bandas y, salvo algunas graves imprecisiones en uno de los cuatro partidos, la cosa se despachó como era menester: goleando sin despeinarse. En la competición doméstica, en cambio, la cosa cambia. Perfectamente maniatados en la primera jornada, el partido contra el Levante fue una bazofia que recordó al peor Sevilla de Míchel y el del Málaga, pese a que no se jugó mal, tampoco se jugó bien. Y nos da igual que el linier anulara un gol perfectamente legal. Por eso jode lo de ayer. Porque nadie esperaba sacar absolutamente nada, y cuando ves que no es que puedas sacar un punto, sino que estás muy cerca de llevarte los tres, el enfado es mayúsculo. Yo no sé ustedes, estimados lectores, pero si estoy jugando al bingo, prefiero no poder tachar ni un solo número de mi cartón antes que estar a expensas de la última cifra, pensando ya en cómo voy a gritar, si a lo maricona loca o con una breve señal con el brazo, como lo haría Humphrey Bogart, y que de la nada aparezca alguna vieja robándome el premio a última hora. Eso es mucho peor, definitivamente. La miel en los labios no es miel, sino mierda. Sigue leyendo

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De resaca

¿Qué clase de crónica se publica casi tres días después del acontecimiento que pretende comentar? Una pregunta muy lógica que es probable que se haga la mayoría de lectores de esta bitácora. Pues la de PEX. Los tempos periodísticos no van con nosotros. En realidad no es una crónica, sino una serie de comentarios sobre algunas de las cosas que acontecieron el pasado viernes. Y la distancia temporal está motivada, principalmente, por dos aspectos. Primero, porque, aunque no lo parezca, tenemos más cosas que hacer en la vida. Y, segundo, porque queremos seguir haciéndolas. Esto es, que no queremos estar privados de nuestra libertad en alguna institución carcelaria, que es donde, probablemente, hubiesen acabado nuestros huesos si llegamos a escribir la noche del partido. Así que ahora es tiempo para los análisis pausados, propios de los hombres de fútbol. Es momento para la moderación y la tranquilidad. Pepe Mel, no eres más desgraciado y más bastardo porque el día no es más largo. Cuesta saber qué adjetivo te define mejor: gordo, calvo o envidioso. Ojalá que el dedo que sacaste a relucir sea lo único que quede para identificarte cuando una manadas de perros te devore.  Sigue leyendo

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Atado de pies y manos, con la boca tapada y un palo en el culo

Imagínense que son esa clase de personas que creen en la magia. Entiéndase, no nos referimos a un alelado que no sepa distinguir entre ilusión y realidad. Sino que usted es de esos que paga un dinero, o simplemente acude a tomarse unas copas, a alguna actuación de un señor vestido de manera muy elegante que, ataviado con cartas, varita, chistera y acompañado por alguna madurita que intenta remediar su falta de atractivo embutiéndose en un vestido de lentejuelas, hace trucos que engañan a cualquiera. Porque la verdad es que lo hacen. Díganme, si no, cómo carajo apareció el niño negro en la caja en el homenaje a Kanouté. Pero háganlo, en serio, que tenemos curiosidad. Volviendo al tema. Se van con amigos, parejas sentimentales, tutores legales o escoltas, lo que sea que tengan, a uno de esos espectáculos de magia. Todo perfecto, salen varios voluntarios, gente sin sentido del ridículo, usted ríe, o no, porque a veces los magos son tan graciosos como Javi Nemo. Y llega el número final. Señoras y señores, fíjense bien. Nada por aquí, nada por allá. El gran mago (inserten aquí el seudónimo acabado en -ini que más coraje les dé) va a escaparse de esta caja. Y tú dices, hostia, esto puede estar bien. Solamente eso, un nota en una caja hermética, ya sería interesante. Pero no. El tipo se pone una camisa de fuerza, se cuelga de una cuerda, pone cristales ardiendo en el suelo, y coloca a la de las lentejuelas en la boca de un caimán, al que únicamente él puede amansar, porque lo crió desde chico, y si no la pobre pureta la palma. Todo eso mientras suena música machacona. This is entertainment. Y al final el tipo se suelta, y el visitante aplaude y comenta con el de al lado alguno de los múltiples escollos que ha tenido que salvar pasa cumplir con su cometido. Bien, pues lo mismo ha ocurrido hoy en el Ramón Sánchez-Pizjuán. El Sevilla podría haber ganado hoy por goleada, y tan tranquilo. Pero ha decidido complicarse una mijita las cosas para que al final todo pareciese mucho más complicado. Todo sea por el espectáculo. Sigue leyendo

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La ambición se quedó en casa

Pues eso. Que íbamos de visita al pueblo, a echar la tarde del sábado y a volvernos con los tres puntos, pero no. Ahora con esta gente parece que tiene que haber amistad o algo parecido por eso de ser compañeros de viaje en el delnidismo. Vamos, que su presidente ha adoptado un papel similar al del consigliere, y viene a nuestro estadio y la gente le aplaude y todo. Pues, desde este humilde rincón, queremos reivindicar que el Villarreal es una mierda. Que cuando Riquelme falló aquel penalti lo celebramos ante la mirada atónita del resto del bar. Un equipo artificial, sin historia, con una afición cateta que nunca se interesó por su equipo y ahora se acerca al estadio para ver qué pasa y pegar cuatro chillidos contra el árbitro de turno. Lo malo es que esos aldeanos han visto cómo hoy no éramos capaces de ganarles teniendo todo a nuestro favor. Porque, además, aunque esto suene a barbaridad, no nos parece que tengan un gran equipo. Y el entrenador es para endiñarle, directamente. Rossi sí es muy bueno, CalBorja también, y el portero de vez en cuando se hace alguna interesante. Pero lo demás es normalito. Eso sí, grande Marchena. Un tipo que le pega una hostia a uno de su equipo para que pierda tiempo. Cosas así faltan aquí. Antes lo hacía el delegado, imaginamos que ya ni eso. Sigue leyendo

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