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Kahn era una hermanita de la caridad

PEX CORRESPONSALÍA SANTIPONCE Como ya advirtió hace casi un siglo el (en pie) camarada Lenin, el imperialismo es la fase superior del capitalismo. Unos años antes se había preguntado también ¿Qué hacer? ante tal estado de cosas, para acabar con la plutocracia que atenaza a la clase obrera. La respuesta nunca, jamás, en ningún caso, ni de puta coña, es organizar batukadas. No, caceroladas tampoco. Pero ustedes verán. De la lectura de las obras indubitables del (en pie) camarada Lenin podemos inferir que el capitalismo agonizante deviene en fascismo. Eso ya lo sabe hasta el más inocente, que nunca escarmentáis en cabeza ajena. Sin embargo, entre los mecanismos de defensa del capital, aparte de apalear a menores de edad por pedir calefacción en sus centros educativos, hay una extensa gama de soluciones intermedias, una de las cuales, de las más en boga y gilipollescas, es cambiarle el nombre a las cosas para que parezcan nuevas, modernas, respetuosas con el medio ambiente, con los pajaritos y hasta con los becarios. Así confunden al proletariado y ganan tiempo. Esto se hace hasta con lo más nimio y accesorio. Por ejemplo, engañifa por la que se supone vas a sentirte en total armonía con el cosmos por el simple medio de beber agua con sal a precio de Möet: wellness. Parecer un yanomami con un montón de argollas en sitios dolorosísimos, que te desfiguran por completo rostro, orejas y partes pudendas: piercing. Pintarse la piel con motivos que escandalizarían a la madre de un travesti adolescente asalariado en un burdel de Macao: tattoo. Fotos con letreros supuestamente graciosos: meme. Un teléfono móvil inmenso que no cabe en ningún bolsillo, con un montón de aplicaciones chorras que nunca vas a usar pero que se beben la batería en 24 horas: smartphone. Y un aparato electrónico que viene a cubrir una necesidad incomprensiblemente desatendida durante milenios como es la lectura: e-reader. Detengámonos en este último. El anuncio que enlazamos es magnífico, fotograma a fotograma. “Nuevo e-reader”. Cuidao. No es un libro de mierda, que eso no mola nada. Es un e-reader y, encima, nuevo. Cool hasta vomitar. Lo saca de su mochila un chavalote que parece que está sentado en la escalinata del monumento a Lincoln aunque a este lado del Atlántico la alusión patriótica pierda un poco y quede la impresión de que es un universitario de alguna institución de postín y solera. Pero ojo, no es un descerebrado que sustancia su vida en el botellón, la juerga y los estupefacientes, pues lleva un palestino. Es un tipo comprometido con los más débiles que además, fíjense a qué extremos llega en su lucha e idealismo, lee. A punto ya de cascarme un pajote ante la visión de este efebo acrisolado por lo mejor de las virtudes occidentales, el chaval se pone a leer un Noah Chomsky en una cosa que es pequeña, ligera y fácil de usar. No como los libros de bolsillo, que con ese funcionamiento tan enrevesado no hay quien los entienda. Siguen una serie de ventajas como que no tiene reflejos ni a plena luz del sol (¿cómo leería antes la gente en la playa un 15 de julio, por el amor de Dios?), que pesa poco y que lo puedes leer en una barca o con un puto perro dando por culo para que lo pasees, esa actividad hoy conocida como dogging. Pero nuestra virtud favorita es que puede almacenar hasta 1400 libros. Aquí se le ven las costuras a los amigos de Amazon y que el artilugio está dirigido a capullos que mueren por tener lo último aunque no sirva para nada. Porque, ¿ustedes saben lo que son 1400 libros? Una atrocidad. Eso no se lo lee alguien normal ni en tres vidas. Si aquí, en esta casa, abanderada de la cultura, entre todos los redactores nos habremos leído ocho libros tirando por lo alto. Yo cumplo con la media, dos libros. La maricona desertora del maño, el de las previas, que prefirió el sucio parné a la gloria de PEX y es que la culpa es nuestra por fiar nuestras ilusiones en gente que se pone un pañuelo horroroso en la cabeza, dan saltitos y su patrona, más que una Virgen como Dios manda, es un llavero, no se leyó nada en su vida, lo que no es de extrañar en vista de sus preferencias y de lo saludable de su vida laboral. Después hay dos pedantes que suben la media. ¿Cuánto me costó el acceder a esas lecturas que han asentado mi personalidad y dado nuevas perspectivas vitales al ente que conformo? Cero euros. Y cero pesetas, está bien dejarlo claro ahora que parece que volveremos a nuestra anterior y añorada divisa. Un libro robado y el otro heredado. Chúpate esa, Amazon. Porque a ver quién hereda un e-reader, un iPad o un smartphone. Con lo que les dura la batería, con suerte, aguantan 3 años. ¿Cien pavos, perdón, unos tres mil duros os voy a dar por la cara? A robar al monte, cabrones. Sigue leyendo

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